martes, 30 de abril de 2013

A veces me pregunto qué hago yo aquí

"Cómo se puede enseñar cosas tan complicadas a chavales que les gusta el Rock&roll. Intentar que entiendan la Revolución rusa, la Revolución francesa, el Paleolítico inferior y cosas tan absolutamente complicadas", Labordeta.

Labordeta tiene una canción que a mí siempre me ha fascinado por encima de todas. Sí, vale, Labordeta hacía canciones preciosas y ésta puede no ser la mejor. Pero el caso es que A veces me pregunto qué hago yo aquí refleja el sentir de cualquier profesor o profesional de la Historia a la hora de enfrentarse a explicar cualquier proceso histórico a un "profano". La frustración y el sentimiento de incapacidad. La cuestión es en verdad estúpida si convenimos, con Lucien Febvre, que la Historia no es otra cosa que "comprender y hacer comprender". A menudo se nos olvida la segunda parte, la fundamental. 

Ahora mismo, si habéis llegado hasta aquí, estaréis pensando que una de dos: o gestiono dos blogs y me he equivocado de lugar o definitivamente se me ha ido la cabeza. Pues no. Vamos, sí y no, sí tengo otro blog -algo olvidado- y sí que tengo la cabeza un poco ida, pero no se trata de eso. Vida y Alana han entrado en esa terrible fase en la que parece que sólo tengan oídos para las peores palabrotas. Las escuchan, las memorizan y, en ocasiones, se les escapan. Guille y yo estuvimos hablando el otro día sobre la conveniencia de permitirles utilizar estas palabras en casa -les hacen gracia y lo cierto es que se suelen aburrir muy pronto de ellas- explicándoles previamente que fuera no deben utilizarlas. No es algo que me preocupe en exceso, la verdad. Pero en mitad de la conversación surgió otra cuestión. "Más miedo me da que me pregunten qué es una prostituta. O peor... Qué es la libertad". 

¿Os ha ocurrido alguna vez eso? ¿Habéis tenido miedo en alguna ocasión de explicar o de describir algo a vuestros hijos, sobrinos, alumnos, etc. porque son demasiado pequeños? En mi caso debo reconocer que más que el miedo a no saber transmitirles en un lenguaje comprensible lo que me pregunten lo que no quiero es que llegue el momento en que descubran cómo es el mundo de verdad. Hasta cierto punto es una cuestión de protección pero también hay algo de infantilización de mis hijas (sí, es rebuscada la idea). De pensar que, como en el cucú-tras lo que no vean no existe y todos contentos. No voy a negarlo. Hay cuestiones que no les cuento por coherencia con las necesidades de información que creo que tienen con su edad y hay otras que, simplemente, postergo de manera vergonzosa y egoísta. A veces es difícil diferenciarlas. Tranquilos, que no pretendo abrir un debate en el blog. Cada uno toma sus decisiones de crianza y siempre con la plena convicción de que son las mejores, no intento convenceros, sólo contaros cómo suceden las cosas en nuestra casa.

Mañana es el día de los trabajadores, puede que algunos hayáis oído hablar de ello... También esta semana, no desde los circuitos más habituales de la prensa, hemos sido bombardeados y enfrentados a la realidad de cuestiones como el trabajo en régimen de esclavitud, el trabajo infantil y un largo etcétera. Estoy segura de que muchos sabéis a qué me refiero. Pues bueno. A veces, también con mis hijas me pregunto qué hago yo aquí. 

Pasada toda esta introducción -gracias y enhorabuena a los que la hayáis leído entera- viene la recomendación de hoy. 

Autores: Ricardo Gómez y Tesa González
El sueño de Lu Shzu
Edelvives, 2011.   

El sueño de Lu Shzu es un libro apasionante. Estéticamente tengo que decir que es de lo mejor que tenemos en casa con mucha diferencia. No hace falta saber leer para seguir la historia o para disfrutar como un enano. De verdad, la ilustración está logradísima, así que poco puedo deciros por esa parte. Para muestra, un botón: 


No quiero tratar de contaros la historia del cuento. No podría. Los autores lo han hecho a la perfección. Espero que os sirva con que os diga que es una forma maravillosa de reflejar un mundo completamente diferente al que nuestros hijos conocen. Pero un mundo que está ahí, a la vuelta de la esquina y que no es otro que el que nos alberga a nosotros mismos. No es un relato de propaganda en el que al cuento la historia le ha venido impuesta y determinada por el fin. Su crítica social no entierra su ternura. No explica, muestra. No juzga al lector, sino que lo acompaña en el camino del conocimiento. No enfatiza lo cruel y penoso de las situaciones. No sentencia, hace comprender.

A mí es evidente que el libro me ha gustado mucho en todos sus aspectos. Pero no soy la única de la casa en esto. El sueño de Lu Shzu, con el tiempo, se ha convertido en uno de nuestros cuentos favoritos. Puede que más adelante tengamos que echar mano de él para algo que no sea sólo entretener (que nunca es poco). Mientras tanto, es un cuento dulce, respetuoso, tierno y visualmente precioso.

Si tenéis ocasión, echadle un ojo. No creo que os arrepintáis. Y si no os gustan las historias de niñas que trabajan en fábricas en la otra punta del planeta, pues que os sirva de advertencia. Porque es ver la portada y desear abrirlo, desear leerlo. 

¡Sed felices! A pesar de los pesares.

jueves, 25 de abril de 2013

Cualquier día puede ser el día del libro

Libro que no has de leer, déjalo crecer. Regálalo. Préstalo. Compártelo. Hazlo fluir.

En casa tenemos algunos libros. A Guille le gusta decir que tenemos muchos libros, pero no. Tenemos algunos libros. Los necesarios. Me gusta pensar que son parte de mí, de la familia. Algunas veces, no muchas, disfruto regalando un libro de mi biblioteca a un amigo especial que se haya pasado por casa. Así, cogiéndolo de la estantería y ofreciéndolo como entre susurros. Hay personas a las que les gusta presentar a sus amigos, juntarlos, hacer citas a ciegas. Yo presento libros. Pero sólo a quien sepa entenderlo. Desprenderse de un libro es tanto como regalar los recuerdos de un instante glorioso de tu vida. Desnudar tus secretos ante el amigo fiel, hacerle partícipe de tu dicha y de tu amargura.

No, definitivamente, hay regalos que no se pueden comprar. Es la pluma de tu abuelo que guardas con cariño sabiendo que no la utilizarás para que no pierda su doma. Las cicatrices, las arrugas que todos tenemos en el alma y en la memoria son marcas en las páginas de tus libros, manchas de sudor de las manos, un perfume, golpes que recibió en bolso o en la mochila, arena de playa de aquel verano... No te doy un libro, te regalo un sentimiento. Quiero hacer tuyo el brillo del tiempo que dediqué a lectura. La herencia inmaterial.
 
En ocasiones, por costumbre o por descuido, los libros traen sorpresas entre sus páginas, entradas de cine, billetes de autobús, metro o avión, folletos o flores secas. Pequeñas pistas para el navegante en memoria ajena. Invitaciones a la imaginación del amigo, convertido sobre la marcha en voyeur de tu vida. Compartir tu biblioteca, cederla incluso, es una de las acciones más íntimas, es darte a los demás. 

Esta semana en el colegio de Vida y de Alana han organizado una actividad muy interesante. Los alumnos (y los padres y las madres, si lo desean) llevan libros para intercambiarlos por otros que trajeron sus compañeros. Me parece un gran acierto. Esta mañana Alana estaba triste por tener que despedirse de tres de sus libros. "Pero mamá, no te los lleves. ¡Me gustan mucho!". Por eso los llevamos. Porque le gustan. Porque así otros niños disfrutarán como ella de unas historias nuevas. Regalar un libro -compartir un libro- es recomendar un universo nuevo. No debe doler, hay que disfrutar con ello. Y con el paso los años te gusta cada vez más.

¡Sed felices! No os escondáis en vuestras bibliotecas, compartid con vuestra gente.

jueves, 18 de abril de 2013

Cada cabeza una idea

En la noche
Gita Wolf, Sirish Rao, Rathna Ramanathan y Rachana Ladha.
Thule ediciones, 2005.

Esta semana nos hemos topado con una pequeña maravilla. Lo cierto es que la editorial Thule hace tiempo que nos ha conquistado -es un secreto a voces- pero no esperábamos encontrarnos con esto. Vivir en un entorno rural tiene muchas ventajas pero el acceso a librerías especializadas no es una de ellas. De modo que muchas veces para saciar nuestra ansia lectora nos valemos -sí, lo confieso, es horrible, pero lo hacemos- de la compra por internet. No negaré que me causa numerosos males de conciencia. En fin, como diría un amigo mío: todos vivimos instalados en la contradicción. El caso es que cuando el cartero nos trajo la caja de libros adquiridos a simple golpe de vista y doble click no nos esperábamos lo que vendría en el interior. 


En la noche es un librito cuadrado impreso en serigrafía sobre papel hecho a mano en la India. El libro en sí mismo es un regalo, viene en el interior de una bolsa del mismo material, con cintas a modo de asas. En pocas palabras: es una chulada. Simples ilustraciones, simples trazos, simples combinaciones de colores: todo un acierto. ¿La historia? Es una adaptación de un cuento tradicional sufí que ilustra muy bien el concepto de aprendizaje significativo. Cinco hombres caminan una noche cerrada cuando entre la oscuridad se encuentran con algo que les impide continuar su camino. Cada uno lo sortea de acuerdo con sus percepciones y su acervo cultural. Al encontrarse de nuevo discuten sobre lo que ha sucedido, sólo al amanecer, con la llegada de la luz matinal comprenden realmente la situación. Un relato sobre la importancia de la suma de percepciones para comprender y para hacer comprender, como decía Lucien Febvre. Para mí, que también tengo mi propia cabeza con mis propias ideas, una perfecta alegoría de la historia oral* y de la imposibilidad de alcanzar la verdad histórica como un todo unívoco e incuestionable (cada loco con su tema).

No os voy a engañar. A las niñas les ha gustado pero a mí... A mí me ha alegrado la semana. Un libro de gran calidad con un precio de crisis.

¡Sed felices! Contad vuestra historia.

* Estoy convencida de que a mis buenos amigos y colegas Raúl y Jose les gustará muchísimo.

domingo, 14 de abril de 2013

¡Qué duro es compartir cama con una vaca!

Josefina no puede dormir
Alexander Steffensmeier.
Traducción de Moka Seco Reeg.
Anaya, 2011.

(Otros títulos de la colección: Josefina busca un tesoro, Josefina en la nieve, Josefina al acecho y Josefina se va de vacaciones. Nosotras, por ahora, contamos sólo con éste y gracias al nunca suficientemente valorado patrocinio de "los abuelos").


Josefina no puede dormir. Y mira que su amiga la granjera cada noche reune a sus animales y les cuenta un cuento con todo el cariño y la mejor interpretación del tigre feroz. Es de noche, está oscuro y todos duermen. Todos menos Josefina. Y ya sabemos que cuando uno no puede dormir tampoco puede parar de darle vueltas a la cabeza. Lo prueba todo: hacer ejercicio, ponerse calcetines, tomar un cubo de infusión de tila... Pero nada. Está visto que no es su noche. ¿Por qué los otros animales duermen tranquilos?

Josefina no puede dormir, para mí, es un cuento sobre el miedo que todos tenemos a la oscuridad, a la noche y a la soledad. Puede ser todo eso o puede ser cualquier otra cosa. Quizás para ti sea simplemente la historia de una noche en la granja (muy divertida, por cierto) o un libro con preciosas ilustraciones (fijaos en los ojitos de los personajes o en los detalles del gallinero, que son de risa mortal de necesidad). Lo miremos desde el prisma que lo miremos es un buen libro. Eso sí, para nosotras tiene un valor añadido al entenderlo como un modelo de colecho (sí, aunque sea de manera subsidiaria). 


Todas las familias tenemos nuestras costumbres y nuestras manías, nuestras filias y nuestras fobias. Me resulta interesante mostrar a través de los cuentos la diversidad que existe tanto dentro como fuera de los muros de nuestra casa. Es curioso ver cómo Vida y Alana se sorprenden con unas historias, cómo integran otras, cómo les asustan o les reconfortan. Pero a veces me da la sensación de que algunos temas están "infrarrepresentados" en la literatura que consumimos habitualmente y me las veo y me las deseo para conseguir libros que los traten (que sí, siquiera cogidos por los pelos, soy consciente). Lo repito, por si no me explico bien: todos somos distintos -todos "iguales en la diferencia"- pero a todos nos gusta, por lo menos de vez en cuando, no sentirnos el patito feo o el bicho raro de la pradera.

Aunque pueda parecer extraño o incluso absurdo, considero -sé- que la literatura tiene un fuerte componente socializador. No creo que haya que obsesionarse con ello, pero sí tenerlo presente. Por eso cuando el abuelo le regaló a Alana Josefina no puede dormir lo adopté como propio. Porque hay libros que, de tanto compartirlos, nos pertencen. Leedlo. Esperamos que os guste tanto como a nosotras.

¡Sed felices! Y, sobre todo, disfrutad siendo como sois. Tan distintos, tan iguales...

* Sí, Dopi, lo mío con las vacas es para hacérmelo mirar.

jueves, 11 de abril de 2013

Julia y el tío molón

El tío Paco y el jersey verde.
El tío Paco y la nieve.
El tío Paco y el miedo.
De Ricardo Alcántara y Sebastià Serra (ilustrador), editorial Combel, 2006.
 

Lo confieso: no me gustan los libros sabelotodo. Odio que los cuentos se conviertan en un manual y más todavía si es un manual para padres. No puedo con ello. Salvo honrosas excepciones detesto las "guías para padres" de la última página*. ¿Y qué decir de esas historias idílicas que no buscan entretener ni compartir ningún sentimiento, sino sólo aleccionar a los buenos padres (sobre todo a las "ignorantes" madres) y sermonear a los rebeldes niños inquietos (adviértase el pleonasmo)? Si estuviera aquí mi amiga Bea seguramente estaríamos de acuerdo en que infantilizan a las madres. Aunque lo cierto es que la balanza del absurdo se equilibra con el tratamiento paternalista que se da a los niños y a las niñas. Pero toda regla tiene su excepción y en esta casa no somos amigos de ortodoxias. La colección del Tío Paco de la editorial Combel sólo tiene un error grave: que cuenta únicamente con tres volúmenes. 

Los cuentos se plantean en tres tiempos, con una presentación, que anuncia el conflicto entre Julia -la sobrina de Paco, de cuatro años- y sus padres. En la famosa última página se nos explica lo normales que son estas conductas en los niños de cuatro años (algo así como pasividad, terquedad y miedo) y cómo se pueden atajar aunque me gustaría hacer constar aquí que estas cuestiones, como los buenos juegos, son aptas para 4-99 años. En un segundo momento el tío Paco actúa resolviendo la situación, con creatividad y mano izquierda. El hombre de la gorra y de la chaqueta verde sabe bien lo que es contemporizar desde la barricada de una sonrisa preciosa. Al final del cuento el problema se ha esfumado ya y Julia y el tío Paco comparten un instante de ternura. 



Estoy por formar un club de fans del tío Paco, para qué os voy a engañar. No sólo por su forma respetuosa y comprensiva de tratar a Julia** sino también, y sobre todo, por el buen hacer de Sebastià Serra. ¡Qué expresividad! ¡Qué rostros! ¡Qué gestos! Son ilustraciones simpáticas, con buenos detalles pero sin perder de vista la profundidad del lenguaje no verbal de los personajes. Hasta aquí, a mí me ha convencido. Si a eso le unimos texturas en los libros (terciopelo, brillantina...) ya tenemos un caballo ganador en esta casa. Puede parecer ridículo salido de la boca de un adulto, pero en no pocas ocasiones se echan de menos estas posibilidades de interacción con una historia en los libros "para mayores".


No voy a decir que sean nuestras historias favoritas pero desde luego se han ganado un lugar en este blog. Me sorprende -y me inquieta al mismo tiempo- el bajo precio de estos libros. Me consta el trabajo, el tiempo perdido y el sacrificio que supone publicar un libro. Sinceramente, creo que hemos pagado poco por ellos. Dan lo que ofrecen... Y un poco más. Si necesitáis hacer un buen regalo por un precio muy bajo son una excelente opción. No desmerecen.

¡Sed felices! Y prometedme que nunca, nunca juzgaréis un libro por su precio.

* De vuelta a la entrada sobre Trace Moroney, mi subconsciente obvió sin más el tema de las guías. Aprovecho para comentarlo aquí: sí, traen unas "utilísimas" guías para padres.

** Leamos con cautela... Me encanta la frase de la madre de Julia en El tío Paco y el jersey verde: "-Te guste o no, lo tendrás que usar igual -le avirtió su madre, tratando de poner límite al genio de la niña". Así somos demasiadas veces los adultos. Me gusta la crítica que encierra ese reflejo. 

Nos caen simpáticos los tíos Pacos que, como en un juego, guían a Julia con cariño. Pero... ¿Para cuándo un cuento en el que mamá haga partícipe a Julia de algunas de estas pequeñas decisiones que le afectan u otro en el que donde vemos genio encontremos convicción o se alce el simple respeto? ¿Para cuándo un Julia y su jersey rojo? Con ilustraciones de Sebastià Serra, por supuesto.

*** El tío Paco y el miedo es un buen cuento para quien necesite materiales para la coeducación. Tanto en sus primeras frases, como en sus primeras ilustraciones.

martes, 9 de abril de 2013

Mamá, no quiero dormir todavía

En nuestro caso: Endevina com t'estimo (por cortesía de un  buen amigo catalán).
Texto de Sam McBratney.
Ilustraciones de Anita Jeram.
Editorial Kókinos, 2002.





Esto sí que es un clásico y no las versiones mal contadas de los hermanos Grimm que podemos encontrar en cualquier bazar (en otra entrada puede que os mostremos algunas ideas para reciclar ese tipo de libros. Se nos acumula el trabajo). Ya hemos hablado en otras ocasiones de la ardua tarea de tratar de dormir a un niño cuando éste no tiene sueño (o cuando tiene demasiado). Es muy probable que el momento de mayor creatividad de tu hijo o hija sea la hora de ir a la cama. Puede tener miedo, puede tener sed, puede tener ganas de hacer pis, pueden entrarle unas repentinas ansias por relatar con pelos y señales cómo ha sido su día... Pequeños: puede que el momento de menor paciencia y mayor aburrimiento de vuestros padres y madres y sea la noche. Puede que quieran bañaros tranquilamente (¿Baño tranquilo? ¿Y el chapoteo? ¿Y las pompas? ¿Y jugar a piratas y a buzos? ¿Qué quedó del empapar el pijama y la toalla?), puede que os lean cuentos exigiendo silencio y ojos cerrados, puede que os den una buena ración de besos y achuchones y, sobre todo, puede que se empeñen en que tenéis sueño. 

El caso es, unos y otros, que este tira y afloja que muchos mantenemos de forma inconsciente se convierte en una espiral sin sentido que a menudo no termina bien. Y eso... Eso no nos gusta. A nadie le gusta. Pero no siempre sale tan mal la jugada. La historia de estas dos liebres escenifica muy bien la mejor de las estrategias. Ha llegado la hora de dormir y la pequeña liebre color avellana, fiel a su identidad de pequeñaja, no quiere someterse a los designios de Morfeo. Y ahí comienza la competición: "Adivina cuánto te quiero". La liebre grande (en mi casa hay un debate abierto, con posiciones enfrentadas, acerca de si se trata de la madre o del padre de la criatura...), astuta como un zorro (¿Quizás "astuta como una zorra"?) no sólo sigue el juego, sino que supera la apuesta. Y envite tras envite la liebre pequeña termina cayendo rendida por el agotador esfuerzo físico y mental. 

Sencillo, directo, precioso y magníficamente ilustrado ("¿Qué es lo que más te ha gustado, Alana?". "Los conejines...").

"Doncs jo t'estimo d'aquí fins a la lluna... ANAR Y TORNAR"

A todos nos gustaría que alguien nos dijera eso todas las noches. Tal vez podríamos comenzar por decírselo nosotros a las personas a las que más amamos. En su defecto podemos utilizar la fórmula de Vida Lightyear: "Mamá, yo te quiero hasta el infinito y más allá".

¡Sed felices! Haced felices a los vuestros.

sábado, 6 de abril de 2013

¿Hay algo más aburrido (y difícil de llevar) que ser un príncipe azul?

¿Hay algo más aburrido que ser una princesa rosa?
Autora: Raquel Díaz Reguera
Editorial: Thule
Año: 2010


Sí, ya sé que repetimos autora (estáis en todo, ¿eh?) pero es que la obra lo merece. Desde el título, que ya anuncia una maravilla de cuento, hasta esa incógnita final estupendamente planteada y que sin duda comparto: "¿Por qué todas las niñas quieren ser princesas?". No, tranquilos, que ahora no vienen cinco páginas sobre socialización diferenciada. Lo confieso: yo, como Raquel Díaz y como la protagonista del cuento, nunca quise ser una princesa. Ni rosa ni verde. No quería ser una princesa. Mis hijas, por el contrario, son candidatas número uno a heredar reinos, a caer en encantamientos de brujas y madrastras malvadas, a palidecer su tez morena y a ralentizar el ritmo de sus corazones en espera de un beso encantado... Vamos, que Vida y Alana son princesas, princesas. Y esto me causa algún que otro trastorno en mi día a día, pero este no es el lugar para comentarlo, me temo (salvo petición popular, claro, ji, ji, ji).

Hace tiempo -hace mucho tiempo, antes incluso de la maternidad- me planteé qué clase de cuentos quería contar a los niños, propios o ajenos, que no siempre es lo mismo. Puede parecer una cuestión baladí pero lo cierto es que se convirtió en una preocupación recurrente. Lejos de lo que se relataba en la entrada anterior: me encantan los cuentos simples. Me apasionan los cuentos sin mensaje, o que aparentemente no lo tienen. El problema no reside tanto en que queramos transmitir unos determinados valores con los libros (internet está repleto de páginas de "cuentos con valores") como en el hecho evidente de que los cuentos transmiten valores. Y ahí se complican mucho las cosas. No tanto porque nos vayamos a encontrar con verdaderas aberraciones en los relatos para niños (aunque haberlas haylas): soy una fiel defensora de la lectura crítica desde edad temprana (¿El útero materno?). No, el asunto es que a menudo, cuando nos empeñamos en querer transmitir valores lo terminamos haciendo de forma antinatural. Los relatos "chirrían". La "empatía", la "cooperación", la "igualdad" aparecen como fantasmas en las sombras. Estabas disfrutando de la lectura y de pronto... ¡Zas! Tortazo de tolerancia. Deberían hacer una promoción: libro con calzador sentimental de regalo.

Y os preguntaréis: ¿Entonces por qué nos traes hoy este cuento? Ah, mis ávidos lectores. Pues es evidente, porque en el caso de Raquel Díaz Reguera no es así en absoluto. Su narración es coherente, es convincente, es conmovedora, es... Lógica. Lógica hasta para niñas y niños de infantil que comienzan a tener ya muy integrados los estereotipos de género. ¿Por qué las princesas iban a ser como flores? ¿Por qué tienen que ser débiles y, peor todavía, por qué tendría que gustarles y deberían aceptarlo? 

¿Hay algo más aburrido...? No es un "recurso coeducativo". Funciona estupendamente como tal, no me malinterpretéis. Lo que quiero decir es que es literatura. Literatura de la buena. Si, de forma subsidiaria, nos sirve para trabajar valores, bienvenido sea. Pero el cuento no se ha convertido, como en la mayoría de los casos, en un pretexto para sermonear a los más pequeños. ¿Y sabéis qué? Que ésa es la única forma de llegar a ellos a través del cuento. El arte transmite sentimientos y este libro es arte.

No puedo terminar esta entrada sin llamar la atención sobre este párrafo:

"Todos aplaudieron, excepto un príncipe azul, que con el gesto muy serio, preguntó: 
-¿Y qué hacemos ahora los príncipes azules'
La anciana se quedó pensativa antes de responder:
-Vosotros podréis vestir de rosa".

Somos muchas las mujeres que crecimos sin querer ser princesas. Con lazos, con coletas, con vestidos impuestos. Con reconvenciones, con advertencias. Hombres que queráis ser azules, morados o rosas: a ello. Todavía nos queda muuuucho camino por andar. Quizás nuestros hijos lleguen a comprender a los príncipes rebeldes (advertencia a Disney: Brave nos gustó, pero nos supo a muy poco)

¡Sed felices!
 
* El otro día una amiga me comentó que le gustaba mucho el blog pero que sólo comentamos libros "para niñas". Lo cierto es que esa crítica ni se me había pasado por la cabeza. Después de reflexionar mucho sobre ello cambié de libro para esta semana y surgió este texto.

martes, 2 de abril de 2013

El gran concurso de las risas

El gran concurso de la caca.
Autor: Guido van Genechten
Colección Libros de cartón. SM
Año: 2012.

Mamá tiene un gusto raro. No le gustan los cuentos de reyes, ni de princesas. No le gustan los cuentos que, simplemente, se cuentan. No, no le gustan. Siempre con preguntas. "¿Y qué opináis de que el rey haga/diga/piense...?". "¿Y por qué creéis que la niña tenía miedo del lobo? ¿Qué creéis que habría hecho Caperucito en su lugar?". "Vale, no os convence el final del cuento. ¿Cómo terminaría si lo esribierais vosotras?". Y así hasta el infinito. Como haya hadas: intratable. Si salen brujas: malo. Como no le gusten las ilustraciones... Bueno, entonces ni lo intentamos. Y es que mamá tiene un gusto raro.

Mira, nos pasa con ese libro nuevo que a nosotras nos encanta: El gran concurso de la caca. Y lo peor es que lo eligió ella (nosotras queríamos El gran libro del amor, pero no lo tenían). Cacas más animales: perfecto. ¿Qué más se puede pedir? Pero... Ya estaba ahí el león con su corona desde las primeras líneas. 


La historia es simple y muy divertida. El rey Pedorro I (¡Pedorro! Ji, ji, ji) convoca en su reino un concurso de caca todos los años. Cada animal presenta sus propias cacas de la forma más original y espectacular posible. Hasta aquí todo bien. Después de disfrutar viendo el trabajo de cada uno de los participantes -todos distintos y todos acertados, algunos individuales y otros por equipos- se elige a la ganadora. 

Cada página es más tronchante que la anterior. ¡Cacas! ¡Son cacas! Genial. Uno de nuestros libros preferidos. Muy bueno. Los vecinos seguro que saben cuándo lo estamos contando por las sonoras carcajadas. Pero es que no hay manera de que nos deje leerlo sin molestar. Que ya, que ya sabemos que es interesante ver que al final sea la hormiga, con sus diminutas cagarrutas, la que gane el concurso. Que sí, que a veces las cosas más bonitas están en el lugar más insospechado. Escondidas donde no se pueden encontrar si no te aventuras a buscarlas. Que tanto grandes como pequeños somos compatibles y que todos tenemos algo diferente y bueno que aportar. Que todo eso ya lo sabemos. Que la que no te enteras eres tú, mamá, que el cuento no va de todo eso. El cuento va de CACAS (ji, ji, ji).

¿Y no podrá disfrutar sin más del libro, como el resto de la familia? Rara, definitivamente nuestra mamá es muy rara.

(¡Sed felices!) 

* No sabemos bien si a mamá le ha gustado el cuento. Puede ser que no esté preparada todavía para cuentos de cacas. Seguiremos intentándolo.