miércoles, 23 de octubre de 2013

Una estrella para mí

How to catch a star.
Oliver Jeffers
HarperCollins, 2005.



¿Estáis buscando nuevas aventuras? ¿Queréis un libro para un niño pequeño, con poco texto, cuyas ilustraciones no distraigan por recargadas? ¿Necesitáis un libro que lo mismo valga para una pequeñaja que para un pequeñajo? ¿Os apetece una historia con acción, pero con sentimiento? ¿Qué? ¿Qué todo eso es imposible? Está claro, entonces, que no conocéis a Oliver Jeffers. Y es una verdadera pena.

El cuento que os traigo hoy es Cómo atrapar una estrella. Vamos a dejar a un lado la biografía y el currículo de su autor (podéis saciar vuestra ansia de conocimiento aquí: www.oliverjeffers.com). Jeffers es un genio de la literatura. Así, sin más adjetivos. Y como tendréis tiempo de engancharos a su verso y de conocer otras obras suyas como Lost and found o Up and down ni siquiera voy a perder un minuto en tratar de convenceros de ello. El tipo es brillante. Hoy quería comentaros otra cosa. 

Aparte de la sorprendente profusión de títulos infantiles que hablan de alcanzar la Luna o las estrellas, hay algo que me encantó en la primera lectura de How to catch a star. Cualquiera que haya intentado, siquiera en una ocasión, elegir un libro para un niño menor de cinco años se ha encontrado con un problema: hay una cantidad ingente -e insultante- de libros que tratan a los niños como si fueran tontos. El caso es más sangrante cuando se trata de libros "para mayores de 3 años". No, señores, los niños no son tontos. Los niños son niños. Y precisamente por eso hay que cuidar con esmero y con cariño hasta el último trazo y hasta la última letra de sus cuentos. Porque cualquier renacuajo con el que nos topemos nos supera con creces en creatividad y en imaginación.

El otro día me comentaba una amiga, y no es la primera vez que me lo dicen, que a mí sólo me gusta la literatura simple. Sí, sería una buena definición. A mí me encanta lo que parece simple. Eso es el Arte, hacer de lo más complicado -el llegar al corazón de la gente- algo presumiblemente sencillo. ¿Qué más da que el protagonista del cuento no tenga orejas, ni pies, ni pelo? Eso, aunque en ocasiones haya que explicárselo a alguna maestra que lo tiene ya olvidado*, no es ni un error ni un desacierto. Es curioso que a los niños no les importe si Jeffers se sale del dibujo al colorear, ni si sus cielos son color fucsia en lugar de azul. Genialidad, genialidad en cada página. Libertad en cada sombra, en cada reflejo. Es lo que los niños ven cuando leen Cómo atrapar una estrella. Es lo que yo, que sigo siendo un poco cría, veo en libros como éste.

La historia de un niño que quiere conseguir una estrella no es en absoluto original, ya lo hemos dicho. Pero el libro entero sí lo es. Derrocha ideas nuevas y rescata pensamientos de lógica infantil que apasionan a los niños. Como éste:

"He thought he could fly up in his spaceship and just grab the star. 
But his spaceship had run out of petrol last Tuesday when he flew to the moon"

Es un cuento simpático, fresco, alegre y muy, muy atractivo para el público al que está destinado. Pero, sobre todo, es un cuento inteligente. La estrella del cielo que se hace reflejo, que se vuelve estrella fugaz y que termina siendo estrella de mar. Magnífico juego conceptual. ¿Queremos libros interesantes? ¿Queremos verdadera literatura para nuestros hijos? Sí, podemos intentarlo atragantándoles adaptaciones de obras clásicas de la literatura universal, por qué no. Por poder, podemos. O podemos dejarnos llevar por su entusiasmo y disfrutar de cuentos como los de Oliver Jeffers. Allá donde haya una estantería en la que ponga "Literatura infantil", si de verdad no nos están engañando, deberíamos poner un cartel grande y colorido que dijera: "Para todos los públicos (Literatura)".

Sed felices. Recordad que una vez fuisteis niños. No os olvidéis de que todavía lo somos.

* Por favor, por favor, por favor, nunca rompáis un dibujo a un niño.

lunes, 21 de octubre de 2013

La escuela de dragones

Zog
Texto: Julia Donaldson
Ilustraciones: Axel Scheffler
Alison Green Books, Londres, 2010.



Sí, estoy tan loca como para leerles libros en inglés a mis hijas que todavía no hablan inglés. Y me diréis, con toda la razón del mundo, tendrías más éxito -y probablemente te saldría más barato- si las apuntaras a una academia de inglés. Además, en Ampuero hay una muy, muy buena academia de inglés. Cierto, si mi objetivo fuera que aprendieran inglés. Pero nada más lejos de mi intención. Que si sucede, oye, eso que han ganado, pero no van por ahí los tiros. El caso es que a menudo me encuentro con libros estupendos, con ilustraciones de quitar el aliento, pero con traducciones imposibles. Y acostumbrada ya a aquello de que Traduttore traditore muchas veces opto directamente por la versión original. En el caso del inglés y del francés, se entiende, que tampoco me dan las neuronas para mucho más.

A Julia Donaldson y Axel Scheffler probablemente ya los conoceréis, son los creadores de obras maestras como The gruffalo. Coloridos y graciosos dibujos iluminan el mundo de Julia Donaldson. La verdad, soy fan total de Donaldson desde hace tiempo. Y también lo son mis cachorrillas. Sus cuentos son brillantes, lo mires por dónde lo mires. Reflejan valores muy positivos entre rimas y chistes (Room on the broom! Cómo me gusta Room on the broom). Y es esto de las rimas, sobre todo, lo que me lleva a leer libros en inglés a mis hijas. Los cuentos tienen una musicalidad inmejorable, de modo que se los leo a Alana y a Vida primero en español y cuando ya conocen la historia son ellas mismas quienes piden que les recite el original, porque son cuentos "como canciones". 

Pero es que la historia de Zog... ¡Puf, la historia de Zog! Me encanta. Tenéis que leerla, de verdad. Si os gustan los anticuentos, los experimentos de dar la vuelta a cuentos clásicos o de reformular las relaciones de género en los cuentos de hadas Zog os va a parecer fascinante. No un panfleto, no un argumentario: un cuento redondo. Una escuela de dragones, una princesa auxiliadora y un príncipe salvador que se convertirán en... ¡Doctores voladores!

Sed felices. Practicad el apoyo mutuo, aprendamos todos a respetar las vocaciones y las decisiones ajenas.

viernes, 18 de octubre de 2013

La claridad de ideas de los niños

El cuento de la hormiguita que quería mover las montañas.
Texto: Michaël Escoffier
Ilustraciones: Kris Di Giacomo
Traducción: Esther Rubio.
Kókinos, 2012.


Mis hijas tienen las ideas muy claras. Si fueran chicos la gente diría que "saben lo que quieren". Por alguna extraña razón, más de una vez y de dos he oído decir que son "muy tercas" o "muy testarudas". El cuento que os traigo hoy viene al caso. No importa lo que te esfuerces por llevar las riendas de una conversación con un niño, no importa lo que luches contra sus peticiones o contra sus imposiciones: saben lo que quieren. Y lo piden con una maravillosa sonrisa. No pocas veces piden imposibles, cosas absurdas o peligrosas, y hay que reconducir la conversación tratando de que la sangre metafórica no llegue al río. La mayoría de las veces, piden cosas con sentido y es mejor dejar que la corriente de su río nos envuelva y nos arrastre por sus profundidades.

No sé si conoceréis a Escoffier* y a Di Giacomo. En mi casa hace tiempo que tienen su propio altar por maravillas como La vocecita o A todos los monstruos les da miedo la oscuridad de las que os hablaré en otro momento. Unos dibujos sencillos, que por simples llegan más fácilmente a los niños, pero de una genialidad apabullante. Tanto el movimiento como los gestos estáticos están reflejados con una precisión y una brillantez infantil. La elección de colores es muy apropiada para el contexto tanto de la historia como del momento de lectura. 

El cuento es una conversación entre madre e hija. ¿Sobre qué podrían hablar madre e hija? Sobre cuentos, claro está. Comienza con la niña pidiendo a su madre, agotada, que le cuente un cuento. Para facilitar la lectura tanto al adulto como al niño que no sabe leer las intervenciones se diferencian por colores. Negro para la madre, rojo para la hija. ¿Que cómo se puede facilitar la lectura a alguien que no sabe leer? Pues se puede, sí señor, porque leer no es sólo hacer la m con la o mo, muchachos. Y los niños leen mucho antes de saber leer. Y se agradece muchísimo este tipo de detalles que permiten que nuestro auditorio pueda seguir qué es lo que estamos descifrando entre esa grafía enigmática y críptica para ellos.

La mamá comienza su historia pero, como sucede el noventa por ciento de las veces que una trata de inventar sobre la marcha un relato para su prole: todo se vuelve en su contra. ¿Por qué demonios piden que les narres algo si lo que en realidad desean es crearlo ellos mismos? ¿O quizás es que tienen un conocimiento intuitivo de la creación colaborativa? Sea como sea, siempre que empiezas un cuento no eres capaz de terminar la historia tal y como tú querías. Siempre hay dragones donde debía haber hormigas, mamuts donde sólo había palos o extrañas apariciones de pterodáctilos. Y siempre, siempre, todo eso mejora con creces lo que se estaba contando. 

Ésa es la historia de este cuento. La historia de una madre que quiso dormir a su hija y terminó siendo dormida por ella. El cuento del dragón que, por más que lo intentó, no pudo evitar que al final la hormiguita consiguiera mover la montaña. Un libro para todos los niños que tienen la creatividad por las nubes y una gran capacidad de iniciativa. Para mis hijas, para todas las hijas. Un regalo perfecto para cualquiera, mayores o pequeños, chicos o chicas, para los que les gustan los dragones y para los que prefieren las hormigas. Una pequeña obra maestra en una estupenda edición como las que ya nos tiene acostumbrados Kókinos.

Sed felices. No dejéis de contar cuentos. No olvidéis permitir que os los cuenten. Y desansad, por favor, que vamos todos con la ojera pintada.

* Podéis visitar su blog aquí: http://michaelescoffier.canalblog.com/


jueves, 17 de octubre de 2013

Cuando lo urgente toma el lugar de lo importante

Donde vive el tiempo
Texto: Vladimír Skutina
Ilustraciones: Marie-José Sacré
Traducción: Miryam Delgado de Robles
Para nuestra edición, SM, Madrid, 1986.


Ocurre a menudo, demasiado a menudo. Yo misma he visto pasar el verano como árboles por la ventana de un tren. Trabajo, trabajo, trabajo, estudio... Siempre hay cientos de cosas que hacer. Siempre hay nuevas cosas que aprender y a veces no nos detenemos a pensar en lo que estamos enseñando. Nuestros hijos perciben de nosotros hasta lo que no sabemos que existe, nuestra sombra misma. Los nervios, las presiones, las exigencias desmesuradas, el perfeccionismo. "Ahora no", "Estoy trabajando", "Dame media horita y juego contigo, pero déjame terminar ahora esto". Y es cierto -lo de la media horita no, siempre es más tiempo- no se puede dejar un escrito en cualquier punto y volver a la redacción como si tal cosa. 

Puede que les estemos trasladando a nuestros hijos valores interesantes (aunque inservibles en el mundo real): la importancia de tomar responsabilidades, el valor del esfuerzo, la concentración en los detalles... No lo sé. Lo que sí sé es que les dejamos un amargo sabor de boca. La idea -no por errónea despreciada por sus cabecitas- de que son menos importantes. Que lo primero es lo primero y, en ocasiones, lo primero no eres tú. Puede que no os suceda esto. Estaré realmente encantada de descubrir que este tipo de patinazos sólo los cometo yo y que los niños del mundo -que con mucha suerte tienen muchas, muchas figuras de apego en su vida (si eso pudiera ser…)- crecen no sólo siendo queridos, sino también siendo plenamente conscientes de ello.

En cualquier caso, allá va. Por mis dos nenas: Donde vive el tiempo.

Donde vive el tiempo es la historia de Karin, una niña que desea con todas sus fuerzas captar la atención de sus padres y de su hermano mayor. Pero nunca hay tiempo. Siempre es tarde y no hay tiempo para detenerse a contemplar las maravillas que ella encuentra en cada rinconcito de su vida. Karin quiere saber qué es ese tiempo que nadie tiene para estar con ella y alertada por su madre de que éste no es otra cosa que un monstruo va en su busca por la ciudad hasta llegar al reloj de la iglesia. Allí, aparentemente, habita el Espíritu del Tiempo. En su aventura mitad realidad, mitad fantasía, la niña descubrirá que las reglas del tiempo son inmutables. 

"-¿Dónde te habías metido?- preguntó su madre mientras el padre miraba severamente su reloj de pulsera. ¡Eran las seis y cuarto!
-En un cuento.
(...)
-¿Y qué has visto en el cuento? -le preguntaron.
-He visto el lugar donde vive el tiempo -dijo Karin-. Y si tenéis un poco de tiempo para mí, os lo contaré".

Las ilustraciones me han encantado. Como todos los libros de estos años me han traído a la mente aquellas tardes en la biblioteca del colegio. Cuando yo todavía tenía tiempo. Derrochaba tiempo, regalaba tiempo, despreciaba tiempo. Ahora es el turno de mis hijas. ¡Háganse a un lado, que van Vida y Alana!

Así deberíamos eschuchar a nuestros niños; calmados, relajados. ¿Qué hay más bonito que una chimenea, un sofá, un gato, una luz acogedora y, quizás, una pipa? Un escena tiernísima, no se echa de menos nada.

Sed felices. Disfrutad de cada instante y del siguiente, del siguiente y del siguiente.

* Gracias a la Biblioteca de Ampuero, de donde sacamos este ejemplar. Gracias también al Ministerio de Cultura, que hará la friolera de dos décadas donó el libro a la biblioteca. No dejéis de llevar a vuestros hijos a la biblioteca. No dejéis de ir vosotros. A veces lo que en apariencia es gratis (que no es gratis y que es de todos...) pasa desapercibido. Lo damos por hecho, lo tomamos por garantía. ¡Vivan las bibliotecas y la cantidad de historias que encierran, la mayoría de ellas fuera de los libros!