lunes, 22 de diciembre de 2014

Atracón de sueño (s)



Seguimos en las mismas. Los franceses las llaman “Cauchemar”, los ingleses “nightmare” y nosotros: pesadillas. Y vaya que si son pesadillas. Me gusta la palabra porque es como pequeñita, cariñosa o familiar. Eso son en definitiva las pesadillas: cosas de familia.  “Ay, qué pesadilla que eres”. Pues no suena como: “cállate, pesada”. No, es como más amoroso. Porque a las pesadillas hay que amarlas, como a los niños (como a las personas) rebeldes. Se encadenan día tras día y vuelan por las noches de una cama a otra por toda la casa. Te invaden, te conquistan y te derrotan.  

Nos hemos prometido en firme no dejar que nos ganen esta batalla. Cada noche desplegamos todas nuestras mejores estrategias: la de la defensa masiva (también conocida como colecho), la del intrépido oficial de comunicaciones (interpretamos todos los ruidos y las sombras nocturnos), la de la inteligencia. Y desde el viernes contamos con un nuevo secreto. Los abuelos vinieron a visitarnos, inquietos por las noticias de nuestro desvelo, y nos trajeron la historia de un conjuro que, quizás, pueda ayudarnos. Se trata de lo siguiente:




Michael Ende y Annegert Fuchshuber

Tragasueños

Editorial Juventud 




No, no somos muy partidarios de las historias de reyes en esta casa. Sin más, no nos suelen gustar (y eso que tengo preparadas unas cuantas para otro momento, pero no). Ya, lo de historias de reyes que lo sean por su capacidad de dormir… Y, bueno, cuando vemos que la pobre princesita, hija única, aparentemente, es incapaz de dormir y sólo –única y exclusivamente- su papi es capaz de encontrar una solución a su problema… Vaaaaale. Tiene su punto. Que sí, que sí, que de vez en vez es importante leer historias más convencionales. Que síííí, que sí, que es muy bonita la historia. Ay. Vale. Y que tiene un montón de valores escondidos: saber compartir (¡Qué manía tenemos con lo de compartir, de verdad! Parece que te hagas padre y te den un carné por puntos para el tema de compartir. Digo… Compartir es bueno. Mola), respetar a los seres pequeñitos y extraños porque pueden ocultar una sabiduría tremenda… Bueno, podemos aprender a ver el mundo desde puntos de vista distintos. Y es que… No es papá rey quien arregla las noches blancas de la princesita, sino el tragasueños. Un duendecillo azul brillante, extraño, distinto, muy educado (no aparece si no lo invitan)… Podemos decir que -oh, sí, podemos decirlo- el rey se encontraba solo, perdido y desesperado en mitad de la nada fría buscando a alguien que curase a su hija cuando se topó con él. Y el tragasueños se hizo cargo de todos sus problemas. Bien vale decir que este simpático personaje parece disfrutar con gula del festín de las pesadillas ajenas, pero está claro que se comportó de manera gentil y generosa.



Seguimos con las pesadillas. Y parece que han venido para quedarse una temporada. Nuestra casa es divertida y es lógico que quieran seguir aquí. A veces, en mitad de la noche también yo, que no soy ni hombre ni rey, tengo ganas de salir al mundo a buscar a alguien que borre las penas a mis niñas. Pero nuestra vida no es un cuento. Y si lo es no es uno bueno. Así que por ahora tendremos que conformarnos con empezar un nuevo ritual y cada noche, antes de dormir, recitar el conjuro que llama al tragasueños. Hummms… Esto… Como que eso se parece mucho a rezar. ¿O no? … Y… Digo yo: ¿No es un poco contradictorio el tema (atención: SPOILER. NIÑOS, NO LEÁIS ESTO) de no contar a las niñas lo del ratoncito Pérez y los Reyes… Y luego? Pues parece que no. Porque Vida ha decidido por sí misma que: “Mamá. Esta noche no recuerdo lo que he soñado. Pero no ha sido el tragasueños. ¿Verdad? Eras tú que estabas despierta a mi lado”. Sí, hija. Mamá siempre está a tu lado. Mamá siempre está despierta. 

 ¡Sed felices!

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