viernes, 16 de enero de 2015

Mamá costurera

Las Navidades no me gustan. Para qué vamos a perder el tiempo discutiéndolo. No me gustan. Sin más. Recuerdo un tiempo bonito, lejano, plagado de brillantina -dorada y plateada, que entonces no había ni colores, ni estrellitas, ni na de na- con mi hermano mayor jugando a ver cuántas lonchas de lomo éramos capaces de coger del plato sin que se notase... Sí, hubo un tiempo. Pero ya pasó. Y lo cierto es que la maternidad no me ha dulcificado el criterio (más bien al contrario). Aunque tienen algo bueno esas fiestas: que se puede regalar libros. ¡Bien! Tenemos nuevas adquisiciones. Tenemos tantos álbumes que me parecen verdaderas joyas que no sé de dónde voy a sacar el tiempo para compartirlas con vosotros. 

Hay personas que no pueden entender que alguien pague lo que se paga hoy en día por un buen libro ilustrado (que, por otra parte, no es tanto. Es sólo que vamos todos "pelados"). Me sorprende por igual cuando regalas un libro con toda tu buena intención, tu cariño y tu ternura y alguien pone esa cara clásica de "bah, es un libro", como cuando alguien te explica que cómo has comprado un libro a niño, si por tres veces más el dinero que te has gastado podías comprar un aparato gigante, de plástico, con ruidos y luces. Con muchos ruidos y con muchas luces, que es lo que importa. Que "hay que estimular" a los niños. Que "son juguetes educativos". Sinceramente, cuando le regalo algo a un niño lo último que busco es que sea educativo. Los juguetes son para jugar, los libros son para soñar, y si en el camino aprenden algo -que siempre aprendemos algo en todos los caminos- pues miel sobre hojuelas. Como decía mi profesor de medieval: "En ocasiones las cosas que aparentemente no sirven para nada, sirven para todo". Y de eso se trata. De eso y de que sean felices.

Pero como no todos los días tiene una un buen libro para regalar, ni tiene el ánimo como los papás de Caillou (¿Pero qué les pasa a los papás de Caillou? Una trasfusión de vida pero ya...), no siempre va a haber princesas y moralejas. Hay días aciagos, de errores, de calentones, de miradas de rencor, desprecios o palabras más altas. Mea culpa. Que los hay, que los hay. Si tenéis la suerte de no caer en tales bajezas: mi admiración está con vosotros. Yo todos los días lucho y lucho, pero todavía no he ganado esa batalla. Así que he aprovechado estas fiestas para comprarme un libro: Madrechillona. A las nenas les ha encantado, sobra decirlo. Es que un libro tan pequeño puede tener una doble lectura y donde mis hijas ven una historia divertida yo veo un recordatorio como grabado en mármol. 

Aquí tenéis la obra:

Jutta Bauer
Madrechillona
Lóguez Ediciones, 2013.




 Me ha llamado mucho la atención que a mis hijas de 5 y 7 años les haya hecho tanta gracia la idea de una mamá pingüino que chilla tan, pero tan fuerte a su pingüinito que termina por romperlo en pedazos. Lógicamente les pregunté qué es lo que les parecía gracioso del asunto. Las respuestas fueron contundentes. Alana: "Mamá... ¿Qué pasa con lo que sale en la tele, en los libros...? (cara de "jo, mamá, que esto ya lo habíamos trabajado y te lo sabías...) ¡Que no es de verdad!". Vida: "Es gracioso, mamá, los pingüinos siempre son graciosos". He de decir que a Vida le alucinan los pingüinos, o sea que el resto de la trama daba igual.

La historia, para quienes no la conozcan, es así: el pequeño pingüino nos cuenta cómo una mañana su mamá le gritó tan fuerte que su cuerpo se rompió en pedazos. Cada uno apareció en un lugar distinto, Mientras él se encontraba paralizado, ni sabía ni podía reaccionar, mamá pingüino fue recorriendo el mundo en busca de todos los pedazos. Los cosió y le pidió perdón. Fin. ¿Simple? Puede. Directo, sin duda. Sin efectismos, sin explicaciones. La autora describe perfectamente la situación y las emociones del pingüino al ser chillado por su madre. Mis hijas se reían. De verdad, se reían a carcajada limpia. 

Trabajamos por cada lado los dos personajes. Analizamos sus palabras, sus actos y sus silencios. Ví que entendían perfectamente el cuento. Vi que yo entendía perfectamente el cuento. Pero por algún motivo, ellas no se habían quedado con lo mismo que yo.

Idea de Alana: "Es imposible porque una mamá nunca chillaría tan alto".
Idea de Vida: "Es bonito, porque al final la mamá pide perdón y el pingüinito le perdona (según ella se desprende del hecho de que el pingüino nos cuente la historia)".
Mi idea: Cuando gritas a un niño algo se rompe dentro de él. Y yo no quiero que eso pase.

He leído varias críticas acerca de que el cuento hace una apología del grito. Por más que he buscado no la he encontrado por ninguna parte. No creo que trivialice la agresión: coser a un hijo no es tarea fácil. También me gusta la idea de la madre pidiendo perdón. Es tan difícil pedir perdón de verdad. Pero, sin duda, es secundario. 

Por ahora practicamos nuestro "truco de mago" (palabras de Vida) para evitar este tipo de situaciones: informar en familia sobre nuestros sentimientos, validarlos y tratar de respetar que, si bien a algunas les gusta que las abracen cuando se encuentran mal, otras pueden no soportarlo, otras necesitan un tiempo solas -quizás sólo unos segundos-, etc. Pero para esas ocasiones en las que algo falle -Houston, tenemos una madrechillona- me guardaré el hilo y la aguja. Y coseré, coseré y coseré no importa el tiempo que me lleve.

Sed felices.

* Habrá que aprovechar la tregua que da una infección de garganta. Algo bueno tenía que tener el invierno...


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